
El Gallinero: fragmentos de invierno
El invierno de 2020, en medio del silencio de la pandemia, se transformó en un taller inesperado. Con maderas sobrantes, retazos de obra y clavos enderezados a mano, nació un gallinero que era más que un refugio para aves: era un ensayo de persistencia frente al frío y al encierro.
Cada tabla encontrada se volvía pieza de un mosaico, encajando no solo por necesidad, sino por intuición. En su irregularidad aparecía una textura, y en esa textura una estructura capaz de sostener. La abertura trasera, pensada para alcanzar los huevos sin interrumpir la quietud interior, era un pequeño gesto de cuidado, casi un secreto compartido con las gallinas.
Hoy recuerdo aquel gallinero no solo como un artefacto funcional, sino como un ejercicio de memoria material: una arquitectura hecha de fragmentos, que enseñaba a mirar con paciencia, a rescatar lo desechado, y a descubrir en lo mínimo la posibilidad de crear abrigo y sentido.




