
Casa en el Árbol: un ensayo en la infancia
Quizás esta fue mi primera obra de arquitectura. Tenía 10 años y, junto a mis hermanos de 12 y 8, levantamos una pequeña casa sobre un coigüe en la cordillera de los Andes, en el sector de Panqui, Curarrehue.
Aun siendo un juego de infancia, sorprendentemente aparecieron técnicas constructivas que hoy reconozco: la colocación cuidadosa del entablado, un sentido estructural resuelto con un apoyo diagonal en un vértice distante, y la intuición de abrir el espacio hacia una hermosa vista del paisaje. Conocimientos que seguramente absorbimos de experiencias previas, familiares o comunitarias, y que permanecieron en nosotros como huellas invisibles.

También vuelven a mí los días junto a mi abuelo, acompañándolo en sus trabajos con madera. Lo veía levantar una bodega, reparar un corral para que no se escaparan los terneros, buscar maderas que pudieran servir para tapar un agujero o improvisar una solución. Para mí era jugar y pensar cómo arreglar algo con lo que había a mano; para él, era oficio silencioso. Sin saberlo, en esas tardes fui aprendiendo a observar, a elegir, a unir, a confiar en la inteligencia sencilla de la materia.
Al recordarlo, me resuenan las palabras de Peter Zumthor: “las raíces de nuestra comprensión de la arquitectura residen en nuestras primeras experiencias arquitectónicas: nuestra habitación, nuestra casa, nuestra aldea, nuestra ciudad y nuestro paisaje son cosas que hemos experimentado antes”. Quizás aquella casa en el árbol fue precisamente eso: un primer ensayo de habitar, una semilla de todo lo que vino después.





